EL PAÍS - 28-08-2003
Para ambientarme mejor a la hora de escribir estos artículos, he elegido una ciudad turística: Sitges. Con el metro cuadrado de terreno más caro de la Península (2.318 euros), mil veces bautizada como capital de la tolerancia gay internacionalista, en Sitges cohabitan, además de los idiomas visitantes, el español, un catalán intimidado y huellas de genios transidiomáticos como Santiago Rusiñol o Miguel Utrillo. Delante de un cartel en el que se lee Rentat a má (lavado a mano en catalán, en un taller que incluye lavado de coches), un extranjero que busca alquilar un vehículo (Rent a car) interpreta que quizá puedan ayudarle. En una céntrica cafetería-restaurante, una pizarra anuncia desdejunis, una forma nada coloquial de decir "desayunos" en catalán y que los numerosos francófonos confunden con su déjeuner. La empanada lingüística sólo es una muestra de la tremenda confusión que vive el territorio durante estas aceitosas, ruidosas y excesivas semanas.
Hace un par de años, Joan Manuel Cabezas, joven antropólogo nacido en Sitges, describió así un paisaje que conoce como la palma de su mano: "Estudiantes que trabajan como camareros o que cobran 500 pesetas la hora para hacer de monitores de actividades de verano organizadas por el Ayuntamiento, presidentes en funciones por doquier... La precariedad laboral, económica y cultural que desde hace un tiempo marca nuestra sociedad se manifiesta clara y contundentemente durante los meses estivales. El verano, pues, debería contemplarse como una especie de lente cuya función podría ser mostrar de manera amplificada la vastísima sucesión de agujeros que subsisten bajo la decadente sociedad contemporánea".
La idea de precariedad es, en efecto, ubicua y permanente. Y también tiene su lado excitante, ya que, visto con una mezcla de estoicismo y frivolidad, te permite vivir en una situación de riesgo non-stop. Idiomáticamente, en cambio, Sitges es un ejemplo de caos, donde se acaba adoptando una lingua franca mezcla de español, francés, italiano e inglés con la que se realizan las transacciones económico-sentimentales de poca monta que caracterizan el mes de agosto. Paralelamente subsiste la actividad cultural, con conciertos, bailes ancestrales, teatros y otros mogollones festivos. Precariedad total, pues, en un paisaje propenso, por desgracia, a la inundación y al incendio. En otro de sus artículos, Cabezas utiliza el término marbellización para describir la brutal transformación del litoral, genuflexo ante la tentación del cemento especulativo. Y lo argumenta citando al geógrafo Roger Brunet, inventor de este neologismo que, con bastante exactitud, intenta definir (sic) "el estadio extremo de ocupación del litoral". Se trata de un término que, condensado, describe la saturación que nos asuela, presagio de crisis, decadencias, otoños e inviernos calientes, y que tiene en la auténtica Marbella, la de Gil y del neodesarrollismo jaleado por horas y horas de televisión, su expresión más excesiva.
Ejercicio del día: escriba un par de frases que incluyan el concepto marbellización o marbellizar. Ejemplo del día: Marbella está marbellizada. El marbellí que la desmarbellice, buen desmarbellizador será.
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dimecres, agost 27, 2003
No serás un extraño
LA EXTRAÑA PAREJA - JUAN JOSÉ MILLÁS
Tuve suerte porque encontré en la mesilla de noche de la habitación de invitados un catecismo del padre Astete, y al leerlo para coger el sueño me sentí, por primera vez en mucho tiempo, un hombre de mi época.
EL PAÍS | Última - 27-08-2003
Un grupo de amigos compró hace años en Alicante un solar donde construyeron, en régimen de cooperativa, un grupo de casas con jardines y servicios comunes. Las viviendas están distribuidas de tal modo que sus habitantes se sienten acompañados, pero no vigilados. A finales de agosto organizan en la zona común una fiesta a la que invitan a los amigos que veraneamos en otras latitudes. Yo acudo siempre, aunque luego estoy una semana o dos tocado por un fuerte sentimiento de extrañeza. Y es que cuando la clase media monta una segunda residencia, no tira nada de lo que se desprende en la primera porque puede ser útil para la casa de Alicante. A esa casa van a parar las neveras antiguas, los televisores en blanco y negro, los sillones de orejas desvencijados y, a veces, hasta el coche viejo, que aún sirve para bajar al pueblo a por el pan.
-Voy a tirar este tocadiscos antiguo -dice él.
-De eso nada -responde ella-, nos lo llevamos a la casa de Alicante.
O bien:
-Voy a regalar estos pantalones vaqueros que no te pones nunca -dice ella.
-No los tires, que son perfectos para la casa de Alicante -responde él.
Al final, la casa de Alicante parece Cuba, porque todo en ella, tanto desde el punto de vista de los electrodomésticos o los muebles, como desde el de la locomoción o la moda, se ha detenido hace 30 años. Cuando observas este fenómeno en una sola familia, te parece pintoresco y lo olvidas tras dedicarle una sonrisa, pero cuando se te aparecen 15 o 20 familias a la vez caracterizadas de los años sesenta o setenta, hay un momento de confusión temporal y existencial terrible.
O sea, que llegas a la fiesta de Alicante y en lugar de haber hecho un viaje de 500 kilómetros en el espacio, tienes la impresión de haber viajado 30 años en el tiempo. Todo el mundo viste pantalones y camisas incomprensibles. Si entras en el salón de una de las viviendas, tropiezas con grupos de individuos disfrazados, que siguen un partido de fútbol en una televisión en blanco y negro, mientras toman whisky en vasos de diseño de los años setenta en los que flotan hielos extraídos de una nevera a pedales. Además, el aparador se parece al que había en el comedor de tus padres y el perchero de la entrada es idéntico al de tu tío abuelo Marcelino. El año pasado descubrí un siniestro paragüero, valga la redundancia, cuya visión te ponía los pelos de punta. Por si fuera poco, a determinada hora de la noche empiezan a cantar canciones de Bob Dylan, cuando no de Juan y Junior.
Si decides irte porque te sientes raro con tu ropa contemporánea entre toda esa gente que todavía usa niki, alguno de los amigos insiste en que te quedes a dormir en su casa, pero cuando te enseñan el dormitorio de invitados y resulta que es el de tu adolescencia, Che Guevara incluido, se te eriza hasta el pelo de las cejas y dices lógicamente que no, que prefieres ir a un hotel. Pero en el hotel tampoco duermes, porque has sido alcanzado ya por la extrañeza, es decir, que no sabes quién eres ni dónde estás. Los hijos de estos amigos de Alicante, al negarse a vestir en la segunda residencia con la ropa desechada en la primera, parecen los padres de sus padres, lo que crea una distorsión temporal característica de algunos alucinógenos de los setenta.
Este año, sin embargo, la cosa ha sido más llevadera porque la realidad se ha puesto a tono con mis amigos. Aznar no tira ninguna idea, por antigua que resulte. El día que no sale vestido con los pantalones viejos de la unidad de España, sale disfrazado con la guerrera de la movilización forzosa. Mantiene con dinero público la Fundación Francisco Franco por miedo a que algún harapo ideológico se vaya a la basura. Acabará diciendo a los jóvenes que la masturbación produce ceguera y derrite la médula.
El Gobierno está funcionando, en fin, como segunda residencia para las ideas con las que el PP no sabía qué hacer. Han conseguido que la estética de mis amigos de Alicante parezca contemporánea. De modo que este año, cuando me invitaron a dormir, dije que sí. Tuve suerte porque encontré en la mesilla de noche de la habitación de invitados un viejo catecismo del padre Astete y al leerlo para coger el sueño me sentí, por primera vez en mucho tiempo, un hombre de mi época. Ya no soy un extraño.
Tuve suerte porque encontré en la mesilla de noche de la habitación de invitados un catecismo del padre Astete, y al leerlo para coger el sueño me sentí, por primera vez en mucho tiempo, un hombre de mi época.
EL PAÍS | Última - 27-08-2003
Un grupo de amigos compró hace años en Alicante un solar donde construyeron, en régimen de cooperativa, un grupo de casas con jardines y servicios comunes. Las viviendas están distribuidas de tal modo que sus habitantes se sienten acompañados, pero no vigilados. A finales de agosto organizan en la zona común una fiesta a la que invitan a los amigos que veraneamos en otras latitudes. Yo acudo siempre, aunque luego estoy una semana o dos tocado por un fuerte sentimiento de extrañeza. Y es que cuando la clase media monta una segunda residencia, no tira nada de lo que se desprende en la primera porque puede ser útil para la casa de Alicante. A esa casa van a parar las neveras antiguas, los televisores en blanco y negro, los sillones de orejas desvencijados y, a veces, hasta el coche viejo, que aún sirve para bajar al pueblo a por el pan.
-Voy a tirar este tocadiscos antiguo -dice él.
-De eso nada -responde ella-, nos lo llevamos a la casa de Alicante.
O bien:
-Voy a regalar estos pantalones vaqueros que no te pones nunca -dice ella.
-No los tires, que son perfectos para la casa de Alicante -responde él.
Al final, la casa de Alicante parece Cuba, porque todo en ella, tanto desde el punto de vista de los electrodomésticos o los muebles, como desde el de la locomoción o la moda, se ha detenido hace 30 años. Cuando observas este fenómeno en una sola familia, te parece pintoresco y lo olvidas tras dedicarle una sonrisa, pero cuando se te aparecen 15 o 20 familias a la vez caracterizadas de los años sesenta o setenta, hay un momento de confusión temporal y existencial terrible.
O sea, que llegas a la fiesta de Alicante y en lugar de haber hecho un viaje de 500 kilómetros en el espacio, tienes la impresión de haber viajado 30 años en el tiempo. Todo el mundo viste pantalones y camisas incomprensibles. Si entras en el salón de una de las viviendas, tropiezas con grupos de individuos disfrazados, que siguen un partido de fútbol en una televisión en blanco y negro, mientras toman whisky en vasos de diseño de los años setenta en los que flotan hielos extraídos de una nevera a pedales. Además, el aparador se parece al que había en el comedor de tus padres y el perchero de la entrada es idéntico al de tu tío abuelo Marcelino. El año pasado descubrí un siniestro paragüero, valga la redundancia, cuya visión te ponía los pelos de punta. Por si fuera poco, a determinada hora de la noche empiezan a cantar canciones de Bob Dylan, cuando no de Juan y Junior.
Si decides irte porque te sientes raro con tu ropa contemporánea entre toda esa gente que todavía usa niki, alguno de los amigos insiste en que te quedes a dormir en su casa, pero cuando te enseñan el dormitorio de invitados y resulta que es el de tu adolescencia, Che Guevara incluido, se te eriza hasta el pelo de las cejas y dices lógicamente que no, que prefieres ir a un hotel. Pero en el hotel tampoco duermes, porque has sido alcanzado ya por la extrañeza, es decir, que no sabes quién eres ni dónde estás. Los hijos de estos amigos de Alicante, al negarse a vestir en la segunda residencia con la ropa desechada en la primera, parecen los padres de sus padres, lo que crea una distorsión temporal característica de algunos alucinógenos de los setenta.
Este año, sin embargo, la cosa ha sido más llevadera porque la realidad se ha puesto a tono con mis amigos. Aznar no tira ninguna idea, por antigua que resulte. El día que no sale vestido con los pantalones viejos de la unidad de España, sale disfrazado con la guerrera de la movilización forzosa. Mantiene con dinero público la Fundación Francisco Franco por miedo a que algún harapo ideológico se vaya a la basura. Acabará diciendo a los jóvenes que la masturbación produce ceguera y derrite la médula.
El Gobierno está funcionando, en fin, como segunda residencia para las ideas con las que el PP no sabía qué hacer. Han conseguido que la estética de mis amigos de Alicante parezca contemporánea. De modo que este año, cuando me invitaron a dormir, dije que sí. Tuve suerte porque encontré en la mesilla de noche de la habitación de invitados un viejo catecismo del padre Astete y al leerlo para coger el sueño me sentí, por primera vez en mucho tiempo, un hombre de mi época. Ya no soy un extraño.
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Lo nuestro
Español para extranjeros - SERGI PÀMIES
EL PAÍS - 27-08-2003
Todo el mundo tiene claro que los franceses son muy suyos. Ser muy suyo no es algo a lo que todos los países puedan aspirar. Por eso mismo es lógico que al extranjero le defraude la falta de un carácter unánimemente común digno de merecer la denominación de "muy suyo". Vale que algunos españoles son muy suyos (Jesús Caldera, por ejemplo), pero la suma de individuos altera el resultado. No es ningún drama: salvo honrosas excepciones, usamos la expresión "muy suyo" como eufemismo de cosas que, descritas con mayor precisión, sonarían peor. Es más: tal y como se están poniendo las cosas en España, parece inconveniente ser "muy suyo", ya que las diferencias entre territorios, historias y culturas impiden esa uniformidad tan ansiada por algunos y que nos retrotrae a una época en la que fuimos, además de espantosamente nuestros, unos, grandes y libres. Otra cosa distinta es que los demás nos vean como algo raro. Pero de allí a ser "muy suyo" hay un trecho.
Y, además, ocurre que, dentro del mismo territorio administrativo, unos piensan que los vascos, pongamos, son muy suyos. ¿Lo son? Cuanto más lo repetimos, más corren el riesgo de parecerlo, con lo cual podría resultar que, en el fondo, ser muy suyo equivalga a no ser como otros quieren que seas. No sé si me explico. Aunque, como dice el tópico, no se puede generalizar (ni siquiera diciendo que no se puede generalizar), y cada uno acabará viendo las cosas según el color del cristal de las gafas fashion con que las mire. La prueba: la caricatura no sólo la practica el equipo visitante, sino también el local. Basta ver los telediarios para darse cuenta. Y otros ámbitos de la ficción televisiva tampoco son ajenos a esta interpretación de España. Tomemos un clásico: la serie Dartacán y los tres mosqueperros. En el capítulo en el que Dartacán y su peña viajan a España, la imagen que se da del país rebosa tópicos. Al cruzar los Pirineos, los héroes son asaltados por cuatreros de etnia gitana. Luego, tras cruzar paisajes con castillos y molinos de viento, el mosqueperro Dogos salva a un nativo del peligro de un toro suelto y es seducido por las caídas de ojos de una lianta que no es otra que la pérfida Milady disfrazada. Ella quiere robarle a Dogos unas joyas que el rey de Francia le regala al rey de España en señal de buena vecindad. Milady deja a Dogos fuera de combate con el viejo truco de la barra americana: envenenar al lúbrico cliente a base de incumplidas promesas de sexo sin amor. Afortunadamente, los gitanos le dieron a Dogos una semilla milagrosa que ríete del Red Bull. Total: que el chucho consigue salir del coma y denunciar a la villana. Los mosqueperros son una creación española, así que sería poco patriótico cambiar de canal. Yo, no obstante, lo hice: en La 2, unos tal Digimon, mutantes e hiperactivos, combatían a unos ignotos seres a los que definían como "gigantescas formas de vida artificial". Creo que se referían a los turistas o a todos los que estarían dispuestos a morir y matar para seguir siendo muy suyos.
Ejercicio del día: analice el contenido filosófico del dicho mosquetero "uno para todos y todos para uno" y compárelo con el viejo lema publicitario del Ministerio de Hacienda "Hacienda somos todos".
EL PAÍS - 27-08-2003
Todo el mundo tiene claro que los franceses son muy suyos. Ser muy suyo no es algo a lo que todos los países puedan aspirar. Por eso mismo es lógico que al extranjero le defraude la falta de un carácter unánimemente común digno de merecer la denominación de "muy suyo". Vale que algunos españoles son muy suyos (Jesús Caldera, por ejemplo), pero la suma de individuos altera el resultado. No es ningún drama: salvo honrosas excepciones, usamos la expresión "muy suyo" como eufemismo de cosas que, descritas con mayor precisión, sonarían peor. Es más: tal y como se están poniendo las cosas en España, parece inconveniente ser "muy suyo", ya que las diferencias entre territorios, historias y culturas impiden esa uniformidad tan ansiada por algunos y que nos retrotrae a una época en la que fuimos, además de espantosamente nuestros, unos, grandes y libres. Otra cosa distinta es que los demás nos vean como algo raro. Pero de allí a ser "muy suyo" hay un trecho.
Y, además, ocurre que, dentro del mismo territorio administrativo, unos piensan que los vascos, pongamos, son muy suyos. ¿Lo son? Cuanto más lo repetimos, más corren el riesgo de parecerlo, con lo cual podría resultar que, en el fondo, ser muy suyo equivalga a no ser como otros quieren que seas. No sé si me explico. Aunque, como dice el tópico, no se puede generalizar (ni siquiera diciendo que no se puede generalizar), y cada uno acabará viendo las cosas según el color del cristal de las gafas fashion con que las mire. La prueba: la caricatura no sólo la practica el equipo visitante, sino también el local. Basta ver los telediarios para darse cuenta. Y otros ámbitos de la ficción televisiva tampoco son ajenos a esta interpretación de España. Tomemos un clásico: la serie Dartacán y los tres mosqueperros. En el capítulo en el que Dartacán y su peña viajan a España, la imagen que se da del país rebosa tópicos. Al cruzar los Pirineos, los héroes son asaltados por cuatreros de etnia gitana. Luego, tras cruzar paisajes con castillos y molinos de viento, el mosqueperro Dogos salva a un nativo del peligro de un toro suelto y es seducido por las caídas de ojos de una lianta que no es otra que la pérfida Milady disfrazada. Ella quiere robarle a Dogos unas joyas que el rey de Francia le regala al rey de España en señal de buena vecindad. Milady deja a Dogos fuera de combate con el viejo truco de la barra americana: envenenar al lúbrico cliente a base de incumplidas promesas de sexo sin amor. Afortunadamente, los gitanos le dieron a Dogos una semilla milagrosa que ríete del Red Bull. Total: que el chucho consigue salir del coma y denunciar a la villana. Los mosqueperros son una creación española, así que sería poco patriótico cambiar de canal. Yo, no obstante, lo hice: en La 2, unos tal Digimon, mutantes e hiperactivos, combatían a unos ignotos seres a los que definían como "gigantescas formas de vida artificial". Creo que se referían a los turistas o a todos los que estarían dispuestos a morir y matar para seguir siendo muy suyos.
Ejercicio del día: analice el contenido filosófico del dicho mosquetero "uno para todos y todos para uno" y compárelo con el viejo lema publicitario del Ministerio de Hacienda "Hacienda somos todos".
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dilluns, agost 25, 2003
Ya volví, por fin!!!!!
Aunque no las tenía todas conmigo. Parece mentira que cuando ingresas en un hospital se te viene el mundo encima, lo más grave es que, uno ya ha trabajado en varios, lo sé lo sé, no es racional pero qué queréis que os diga, una cosa es ser paciente y otra cosa "enfermero", "auxiliar", "médico", etc. Te vienen a la memoria a todos aquellos a los cuales intentaste cuidar, atender, y lo peor de todo, cuestionas algunas técnicas o atenciones de algunos colegas tuyos. No dices nada por respeto y educación pero de vez en cuando se te escapa algo y, malo, si en un paciente está mal visto (para algunos) una pequeña apreciación o crítica para mejorar tu trabajo, si encima es colega, el odio o mejor dicho, no nos pasemos, la cara de: "pero tú de qué vas piltrafilla? (lo de los estudios se lo callan porque está claro que tienes).
No sabes bien qué hacer si decir algo o callarte. Con el paso del tiempo te hace gracia recordar esa especie de relación que tienes ya con todo el personal sanitario de tu planta, digo personal y sanitario porque las "niñas de la limpieza" también lo son. De paso les lanzo un gran piropo porque aunque muchos piensen que son mujeres de poca capacidad intelectual (un pensamiento demasiado plano para mentes idem), en realidad tanto si tienen o no estudios, son mujeres con un espíritu (algunas, no todas) médico admirable, saben todo de todos los pacientes, y sólo porque algunos, los que tienen a las familias demasiado "ocupadas" como para ir a visitarlos de vez en cuando, ellos, les van relatando lo último de lo último de la planta.
Son una especie de prensa rosa en blanco. Como siempre he dicho, cuando a uno le va bien las cosas y la salud aguanta, no hay nada de lo que preocuparse, cuando, creo, sería el momento de preocuparnos de esas personas que no lo tienen tan fácil.

Siempre he ejercido mi oficio de cineasta en medio de un estado mental contradictorio: al puro entusiasmo que me provoca el mero acto de rodar, se une la desazón de la certeza de que las películas no cambian el mundo, ni transforman ciencias, ni hacen la existencia más llevadera, el subterráneo convencimiento de que las películas no sirven para nada. En eso, como en tantas cosas, estaba equivocada.
Por primera vez, tengo pruebas palpables de que una película sirve, reconforta, ayuda a entender las cosas que pasan, a descifrar el denso ladrillo de la vida cotidiana, a vivir.
Hace unos días, después de un pase de Mi vida sin mí, se me acercó una chica de unos 17 años. No tenía los ojos enrojecidos, ni esquivaba mi mirada, ni balbuceaba: sólo sé que me cogió la mano con firmeza y me dijo: "Gracias por hacer esta película, gracias por ayudarme a entender los silencios de mi padre, que murió hace dos años. Yo he vivido estos dos últimos años reprochándole que no me dijera nada de su enfermedad y ahora por fin lo he entendido, lo he sentido, lo he vivido con la película. Ha sido como tenerle mi lado diciéndome: "lo ves, lo entiendes ahora?".
La miré, no sabía qué decir, sé que sentí el impulso de abrazarla, pero como soy terriblemente tímida me contuve y no lo hice. Se fue. No me dio tiempo a que le diera, a mi vez, las gracias. Y quiero hacerlo. A ella y al chico de Vigo que me ha escrito diciéndome que después de ver la película ha decidido ser director de cine "para emocionar a la gente, para tocarle el corazón y la cabeza"; a la señora que me dijo que a la salida del cine se bebió entera una botella de agua mineral de litro y medio para recuperarse de las lágrimas que había vertido, que eran las primeras en 10 años; al taxista que me dijo que ya era hora de que alguien reivindicara a Mili Vanili y que no escuchó mis explicaciones de que la reivindicación estaba teñida de ironía; a la chica que rompió con su novio después de ver la película porque éste no entendió que Ann, la protagonista quisiera a dos hombres a la vez (imagino que me he ganado la antipatía del novio para siempre); al amigo que me ha dicho que lo mío no es cine, sino Trankimacine; al periodista belga que corrió a llamar a una amiga de la infancia después del pase de la película en Berlín, porque no podía soportar la idea de dejar una cosa más para mañana; a esa amiga escéptica que dice que es la primera película que le gusta cuyos protagonistas son todos buena gente; a la pareja que dudaba en la cola del cine sobre si ver Chicago o Mi vida sin mí y a la que convencí de que vieran la mía, claro, diciéndoles, que si no les gustaba les devolvería el dinero y les pagaría las palomitas (¡y no tuve que hacerlo!); a los que vierten lágrimas con la película y a los que lloran por dentro; a todos los que me escriben con historias personales, vividas, emocionantes, historias que nacen, que salen, que convergen en la película, cuya autoría ya no me pertenece, ya es una especie de ente compartido por los que la hicimos y los que la ven y la sienten suya.
Gracias a todos por mezclar sus vidas con la vida inventada de la película. Por devolverme la fe en el poder de la ficción como espejo de lo que desearíamos que fuera real. Por demostrarme, con cartas, con mensajes, con sonrisas, con silencios, con hechos, que las películas sirven para algo, algo frágil, tenue, momentáneo, innombrable, pero poderoso. Sé que, a partir de ahora, no podré vivir y rodar de la misma manera. Que mi vida sin la película será otra.
Ahora, si tan sólo pudiéramos hacer que ese señor que parece sacado de un mal telefilme, ese señor ques presidente de Estados Unidos, viera en programa doble Senderos de gloria (Stanley Kubrick) y La delgada línea roja (Terence Malick), a lo mejor se le pasaban las ganas de hacer una guerra. Pero, viendo la clase de tipo que es, probablemente se dormiría ya en los títulos de crédito.
No sabes bien qué hacer si decir algo o callarte. Con el paso del tiempo te hace gracia recordar esa especie de relación que tienes ya con todo el personal sanitario de tu planta, digo personal y sanitario porque las "niñas de la limpieza" también lo son. De paso les lanzo un gran piropo porque aunque muchos piensen que son mujeres de poca capacidad intelectual (un pensamiento demasiado plano para mentes idem), en realidad tanto si tienen o no estudios, son mujeres con un espíritu (algunas, no todas) médico admirable, saben todo de todos los pacientes, y sólo porque algunos, los que tienen a las familias demasiado "ocupadas" como para ir a visitarlos de vez en cuando, ellos, les van relatando lo último de lo último de la planta.
Son una especie de prensa rosa en blanco. Como siempre he dicho, cuando a uno le va bien las cosas y la salud aguanta, no hay nada de lo que preocuparse, cuando, creo, sería el momento de preocuparnos de esas personas que no lo tienen tan fácil.
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dilluns, agost 04, 2003
Para qué sirven las películas por ISABEL COIXET

Siempre he ejercido mi oficio de cineasta en medio de un estado mental contradictorio: al puro entusiasmo que me provoca el mero acto de rodar, se une la desazón de la certeza de que las películas no cambian el mundo, ni transforman ciencias, ni hacen la existencia más llevadera, el subterráneo convencimiento de que las películas no sirven para nada. En eso, como en tantas cosas, estaba equivocada.
Por primera vez, tengo pruebas palpables de que una película sirve, reconforta, ayuda a entender las cosas que pasan, a descifrar el denso ladrillo de la vida cotidiana, a vivir.
Hace unos días, después de un pase de Mi vida sin mí, se me acercó una chica de unos 17 años. No tenía los ojos enrojecidos, ni esquivaba mi mirada, ni balbuceaba: sólo sé que me cogió la mano con firmeza y me dijo: "Gracias por hacer esta película, gracias por ayudarme a entender los silencios de mi padre, que murió hace dos años. Yo he vivido estos dos últimos años reprochándole que no me dijera nada de su enfermedad y ahora por fin lo he entendido, lo he sentido, lo he vivido con la película. Ha sido como tenerle mi lado diciéndome: "lo ves, lo entiendes ahora?".
La miré, no sabía qué decir, sé que sentí el impulso de abrazarla, pero como soy terriblemente tímida me contuve y no lo hice. Se fue. No me dio tiempo a que le diera, a mi vez, las gracias. Y quiero hacerlo. A ella y al chico de Vigo que me ha escrito diciéndome que después de ver la película ha decidido ser director de cine "para emocionar a la gente, para tocarle el corazón y la cabeza"; a la señora que me dijo que a la salida del cine se bebió entera una botella de agua mineral de litro y medio para recuperarse de las lágrimas que había vertido, que eran las primeras en 10 años; al taxista que me dijo que ya era hora de que alguien reivindicara a Mili Vanili y que no escuchó mis explicaciones de que la reivindicación estaba teñida de ironía; a la chica que rompió con su novio después de ver la película porque éste no entendió que Ann, la protagonista quisiera a dos hombres a la vez (imagino que me he ganado la antipatía del novio para siempre); al amigo que me ha dicho que lo mío no es cine, sino Trankimacine; al periodista belga que corrió a llamar a una amiga de la infancia después del pase de la película en Berlín, porque no podía soportar la idea de dejar una cosa más para mañana; a esa amiga escéptica que dice que es la primera película que le gusta cuyos protagonistas son todos buena gente; a la pareja que dudaba en la cola del cine sobre si ver Chicago o Mi vida sin mí y a la que convencí de que vieran la mía, claro, diciéndoles, que si no les gustaba les devolvería el dinero y les pagaría las palomitas (¡y no tuve que hacerlo!); a los que vierten lágrimas con la película y a los que lloran por dentro; a todos los que me escriben con historias personales, vividas, emocionantes, historias que nacen, que salen, que convergen en la película, cuya autoría ya no me pertenece, ya es una especie de ente compartido por los que la hicimos y los que la ven y la sienten suya.
Gracias a todos por mezclar sus vidas con la vida inventada de la película. Por devolverme la fe en el poder de la ficción como espejo de lo que desearíamos que fuera real. Por demostrarme, con cartas, con mensajes, con sonrisas, con silencios, con hechos, que las películas sirven para algo, algo frágil, tenue, momentáneo, innombrable, pero poderoso. Sé que, a partir de ahora, no podré vivir y rodar de la misma manera. Que mi vida sin la película será otra.
Ahora, si tan sólo pudiéramos hacer que ese señor que parece sacado de un mal telefilme, ese señor ques presidente de Estados Unidos, viera en programa doble Senderos de gloria (Stanley Kubrick) y La delgada línea roja (Terence Malick), a lo mejor se le pasaban las ganas de hacer una guerra. Pero, viendo la clase de tipo que es, probablemente se dormiría ya en los títulos de crédito.
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dissabte, agost 02, 2003
La red es un espejo.Unos juegan a ser "imagen",otros olvidan ser personas.Los mas,somos iguales.Vivimos y sentimos del mismo modo,del único modo k sabemos,independientemente de k lado del espejo estemos.
Por ANDAYA
Por ANDAYA
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Primer post .. empecemos ...
Siempre me ha gustado este mundo por la variabilidad que hay en él, porque es imposible aburrirse, encuentras de todo, desde lo que más te gusta hasta lo que más te disgusta. No hay nada perfecto y huyo de cualquier supuesta perfección, no existe, no al menos para mi. El poder expresar cualquier pensamiento y reflejarlo para que todo el mundo lo vea, es algo parecido a ser un auténtico exhibicionista pero en la red.
¿La red nos atrapa? ¿Nos dejamos atrapar? O sencillamente, nos seduce al igual que intentamos seducirle a ella, el como es fácil de decir, seduciendo a todo aquel con el que te cruzas, aquel o aquella, naturalmente. Unas veces resulta y otras veces no.
Un dilema, como la vida misma.
¿La red nos atrapa? ¿Nos dejamos atrapar? O sencillamente, nos seduce al igual que intentamos seducirle a ella, el como es fácil de decir, seduciendo a todo aquel con el que te cruzas, aquel o aquella, naturalmente. Unas veces resulta y otras veces no.
Un dilema, como la vida misma.
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